Hace un par de semanas pasamos unos días en Galicia y decidimos hacer una pequeña visita enoturística. Al no tener mucho tiempo y ser la visita en cierto modo improvisada, optamos por darnos un paseo por la Ribeira Sacra, entre las provincias de Lugo y Orense. De las cinco subzonas elegimos visitar la de Riberas do Sil porque nos hablaron de un paisaje espectacular.
GPS en mano, llegamos en poco más de media hora desde Orense capital, siguiendo el curso del río Miño hasta desviarnos hacia el Cañón del Sil. No sabemos cuál es la estación ideal para hacer esta ruta, pero aseguramos que en otoño-invierno es una auténtica maravilla. Los marrones y ocres de los árboles semidesnudos, la hojarasca como manto del camino y un sol templado que invitaba a bajarse del coche nos “obligaban” a pararnos a menudo para contemplar aquel fascinante paisaje. Cada curva en la sinuosa carretera descubría una nueva perspectiva del río Sil, que serpentea entre el desfiladero buscando su camino.
Y a ambos lados del cauce del río, el espectáculo continúa con las laderas del monte pintadas con infinitos bancales de viñedo que se pierden desde la orilla en lo alto de la cumbre, una agricultura “imposible” que hace todavía más valioso el vino producido en esta zona.
No es de extrañar que el Cañón del Sil, que abarca los últimos 25 km del río anteriores a su desembocadura en el Miño, haya sido declarado Lugar de Importancia Comunitaria. Según el dicho popular, “el Sil lleva el agua y el Miño, la fama”. Aguas arriba, los dos por separado, formaron profundos cañones que en el caso del Sil alcanzan el punto máximo en los 500 metros de profundidad. Es por ello que una de las formas más espectaculares de conocer la Ribeira Sacra es por el agua, ya que los dos cursos fluviales son navegables en catamarán.

Leemos que las condiciones climáticas permiten que especies típicamente mediterráneas encuentren aquí refugio, como por ejemplo alcornoques o madroños que acompañan a los autoctonos robles, “carballos”, y castaños. Las aves rapaces como el águila real y el halcón peregrino también encuentran su hábitat en las rocas de más difícil acceso del cañón. Y si a la vista acompañamos el intenso silencio que acompaña la travesía no es difícil imaginar el placer experimentado en esta ruta todavía por descubrir. La sensación de que el tiempo se detiene es muy real… Imposible no dejarse llevar por un paisaje casi sin humanizar.
Pero las 5.914 hectáreas que abarca la Ribeira Sacra todavía esconden más secretos. Perdidos en las alturas, como es el caso del espectacular San Estevo (actualmente Parador Nacional), o sumidos cerca del río, como el de Santa Cristina, son muchos los monasterios e iglesias románicas que se pueden encontrar en la zona, la mayoría escondidos entre la espesura de los bosques.
Foto: Andrés Campos
Leemos en la Wikipedia que “la Ribeira Sacra, como denominación de origen, es también conocida por la calidad de sus vinos, muy recurridos en la gastronomía gallega, a los que popularmente se conoce en la zona con el nombre genérico de mencía, debido a que son elaborados principalmente con la variedad de uva mencía, aunque también se usa la variedad godello. Las viñas, que se pueden contemplar siguiendo el curso del río, están dispuestas en un sistema de escalones de piedra, llamados socalcos, a lo largo de la ribera, y datan de la época romana. Los romanos ya tenían en gran aprecio estos caldos, que son afrutados y de gran presencia, ideales para disfrutar con carnes, y se decía, que una de las variantes de este vino, el Amandi (procedente de la zona del mismo nombre), se le hacía traer al César desde la Gallaecia romanizada”.

Como ruta del vino, todavía empezando a caminar, resulta difícil de seguir sin las indicaciones correctas, algo que quizá echamos en falta. La falta de información de la ruta como tal en la web de la Denominación de Origen, así como el poco tiempo del que disponíamos, nos hicieron perdernos alguna que otra vez, acompañados de la voz del GPS que en ocasiones nos avisaba que discurríamos por una carretera inexistente. Toda una aventura que, hemos de confesar, nos encantó.
Finalmente, sin darnos cuenta de que la tarde se nos echaba encima y el sol comenzaba a caer, encontramos una bodega visitable,
Ponte da Boga, en O Couto, donde nos atendieron magníficamente y, a pesar de no ser época de visitas (es en verano cuando reciben el grueso de sus visitantes) nos enseñaron la bodega y acabamos catando sus grandes vinos. La bonita sala de catas invitaba a entrar en calor ya que hacía un frío de justicia, tanto que el vino a temperatura ambiente estaba más frío que el de la propia cava.

Allí nos contaron los sacrificios de la “viticultura heróica”, difícilmente comprensible sin contemplar los bancales de piedra en las escarpadas laderas que rodean el cañón del Sil, cepas a las que en algunos puntos sólo se puede acceder desde botes en el agua o descendiendo con arneses desde niveles superiores. Hablamos de duras vendimias en las que la mecanización resulta imposible, por lo que cargar los cestos con las uvas a mano con tales dificultades orográficas se convierte en un gran sacrificio. En Canarias conocemos bien este tipo de viticultura en zonas de Taganana, La Gomera o El Hierro. Recordamos también otra zona vitivinícola espectacular, en Italia, Cinque Terre, otro lugar para perderse sin prisas, con… tiempo.
Foto: Bodega Ponte da Boga
Precisamente sin tiempo para más abandonamos la zona con la pena de no haber podido disfrutar más de la hospitalidad de sus gentes y de la belleza del paisaje, un lugar que embruja y cautiva y al que esperamos volver.
Por eso nos alegramos cuando esta semana leemos en la prensa que el Patronato de Turismo de Lugo está decidido a impulsar el enoturismo en la zona de la Ribeira Sacra (
leer aquí), eso sí, que mantenga el encanto que tiene en la actualidad…
